La Copa América de la Selección ha dejado todo tipo de impresiones, pero no debe perderse de vista el objetivo a largo plazo: la Copa del Mundo.

La Selección Peruana cayó por 2 a 0 ante Argentina, aunque, si bien el resultado significa un adiós, se puede decir que los muchachos se despidieron de la manera más digna.

Ante una ‘Albiceleste’ alterna —plagada de estrellas que podrían ser titulares en cualquier otro equipo de esta Copa América—, Perú puso lo que tenía que poner: concentración y entrega. Lo demás, era cuestión del destino y de los campeones del mundo. No hubo milagro el día de ayer, pero se debe recordar que nuestro objetivo es uno de largo plazo.

LO QUE IMPORTA AÚN ESTÁ POR VENIR
Sabíamos que esta Copa América era distinta. Desde el comienzo, Jorge Fossati fue claro con respecto a sus intenciones: la Copa (y los amistosos previos) servirían para probar, experimentar y encontrar el equipo en cuyos pies descansará el reto de salir del último puesto de las eliminatorias sudamericanas y clasificar al Mundial de 2026.

Entonces, ¿qué se puede concluir del preludio de la ‘Era Fossati’? Para empezar, que el equipo ya no es el que solía hilar más de 20 pases seguidos y dominar a través de la posesión de la pelota. Quizá es por ello que, lamentablemente, se ha perdido esa sensación de que le podíamos ‘hacer el partido’ casi a cualquiera. 

Sin embargo, no hay por qué perder la fe en la selección. A falta del toque peruano, surgen nuevas armas y maneras de complicar al rival. La presión alta y media es una de ellas. Ahora bien, se necesita de intensidad para recuperar, y de velocidad para atacar, lo cual nos lleva a una segunda conclusión: el recambio generacional avanza a paso lento, pero algunas figuras han logrado consolidarse.

Comenzando por la zaga, —si bien ha quedado demostrado que nadie es imprescindible— Carlos Zambrano se ha vuelto inamovible. Podrá errar de vez en cuando, pero esta versión del ‘León’ es la más segura de su carrera: su ‘timing’ es preciso, y, hoy por hoy, impone más jerarquía que nunca. Resulta casi increíble el hecho de que, a comienzos de este año, mientras Jorge Fossati asumía la dirección técnica de la ‘blanquirroja’, el ‘Kaiser’ estaba considerando el retiro, luego de no encontrar lugar, por aquel entonces, en Alianza Lima.

A la mitad, lo de Wilder Cartagena resulta cada vez más convincente. Es tal vez el punto más alto de Perú en la copa, sabiendo mantener bajo control a mediocampos de alto nivel futbolístico, como el de Chile, y fuerza física, como el canadiense. A partir de ahora, y de cara a las Eliminatorias, sería una locura desperdiciar su aporte: debe ser fijo en la volante junto a Renato Tapia. Tal vez, si los astros se alinean, algún club de una liga un poco más competitiva que la del Orlando City muestre interés en él luego del torneo; sería un gol de media cancha que Wilder pudiera seguir explotando su buen nivel.

Marcos López, por su parte, se ha mostrado como la alternativa por la banda que el equipo necesitaba. Claro con la pelota en los pies, decidiendo bien al momento de marcar, y sumando un poco (pero algo, al menos) de desequilibrio al subir.

Como se mencionó líneas arriba, el recambio generacional es aún insuficiente. El mal momento de Lapadula es (Dios quiera) pasajero, pero el ‘Bambino’ dejó de ser una promesa hace mucho, y las variantes en la delantera deben ser urgentemente renovadas. Quizá a talentos como Grimaldo, Zanelatto, Castillo o Sonne les faltó tiempo. Otros, como Quispe o Reyna, que contaron con más minutos, están llamados a encontrar su lugar cuanto antes, pues las Eliminatorias se reanudan en septiembre.

Quedan todo tipo de impresiones, pero lo que toca ahora es, definitivamente, olvidar el Perú que fue y que, por lo pronto, no volverá a ser. Apostar con paciencia por el recambio —sin importar cuánto se pueda llegar a sufrir en el proceso— y no mirar atrás. Lo importante no es ayer, ni hoy. Es mañana.