En el 2005 tuve la oportunidad de guiar a Gonzalo Rojas  al antiguo hotel El Arco -el lugar donde ahora funciona el restaurante "El rincón de Vallejo" - para conocer la habitación en la que había vivido el poeta.


Subimos a través de una escalera crujiente hasta el segundo piso. Gonzalo Rojas estaba realmente emocionado y, en cierto modo, lleno de miedo. El piso no se hallaba en buen estado: además de viejo, presentaba  claros y unas cuantas vigas levantadas. Él caminaba con mucho cuidado y sus pasos eran cada vez más lentos. En algún momento se detuvo y quiso volver al hotel, pero su deuda moral y sentimental con Vallejo fueron más fuertes. Entre bromista y serio, me dijo que temía que el piso se hundiera y todos fuéramos a parar al fondo. Le dije que no había nada que temer. Por supuesto no me creyó y más bien me miró con cierto reproche.
Cuando llegamos al segundo piso, el poeta se acercó a uno de mis oídos y me preguntó con una voz entre baja y llena de asombro:"¿Qué tan pobre era Vallejo, hijo?".