08
Mié, Dic

Los aportes lexicográficos de Carlos Arellano Agurto

Los aportes lexicográficos de Carlos Arellano Agurto

Piura
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El sullanero Carlos Humberto Arellano Agurto (1920-2010) anotó, con mucho tino, algunos términos que faltaban en los diccionarios regionales.

Dentro de sus “Piuranidades” y en su segundo libro: “Tras las huellas de Piura” señala numerosas palabras de usos locales: “chingo”, nombre con que llaman los paiteños a un bote pequeño, y “ojo piliche”, con que le dicen en Sullana a la persona que sufre de los ojos aunque también, me dice Manuel Abad, decían las madres a los niños cuando recién se levantaban con los ojos casi cerrados o legañosos. Es el único que registra “perilla”, que es el nombre de una enfermedad del arrozal, un hongo que afecta también a los animales de pezuña en época de lluvias, o “chirlazo”, como dicen en Suyo al palmetazo del maestro.

El arcaísmo norteño “talega” designa en el habla popular la bolsa para el pan o el mercado, que se hacían de tela o de lona. Las campañas contra la contaminación por el abuso de las bolsas de plástico han llevado a que los centros comerciales promuevan el uso de “bolsones” hechos de rafia de poliéster y nos hemos acostumbrado rápido al término. Tradicionalmente en todo el norte se llamaban talegas, como refleja Roger Santiváñez en sus remembranzas de “La plaza Pizarro” (2004):

Aún recuerdo que al frente

Estaba el Mercado Viejo

Con sus puertas de hierro

Altas resonando en el cielo.

Aquí mordía una manzana

Esperando la salida de mamá

Y los churres cargando las talegas.

Talega es palabra de origen árabe trasmitida al castellano medieval (de “taliqa”, que deriva de “alaq”, ‘colgar’). Se usa igualmente en Arequipa. Arellano refiere que en Sullana también es talega la bolsa impermeable con que se cubren el pelo las mujeres en la ducha. Y hace mención que en el sur “se burlan del piurano que usa esta palabra”. Se remite al caso de un muchacho, a quien los obreros de la fábrica “lo rebautizaron con el mote de talegas, porque decía: las talegas de cemento”. Pero también advierte algo más escueto: en plural son testículos, como en México.

Al menos hasta bien entrado el siglo XIX presentaba en el norte variación de género, igual que oocurre en otros vocablos de ese grupo: bolso/bolsa, cesto/cesta, jarro/jarra..., lo que respondía a su distinto tamaño o forma. Entre la correspondencia intervenida en Paita al pailebot Sacramento, durante las guerras de independencia, faltaba “un gran paquete o talego que encerraba la particular de Panamá”, que tal vez podía comprometer a algunos comerciantes limeños. En la requisa del mencionado correo, apresado por los hermanos Cárcamo, el informe del piurano Francisco Frías Adrianzén, comandante de Paita, señalaba también que de un baúl “se extrajo una talega de pita enrejada con doscientos a trescientos pesos”. Los caudales se transportaban así, lo que se decía en la época “pesos entalegados”. La evolución finalmente dio preferencia al femenino y la forma que persistió fue “talega”. En la jerga criolla de Guillermo Bendezú se registra “talegón” como apodo despectivo del que viste ropa muy holgada, pero esa una acepción parece que no ha persistido.

El sullanero Carlos Humberto Arellano Agurto (1920-2010) anotó, con mucho tino, algunos términos que faltaban en los diccionarios regionales. Dentro de sus “Piuranidades” y en su segundo libro: “Tras las huellas de Piura” señala numerosas palabras de usos locales: “chingo”, nombre con que llaman los paiteños a un bote pequeño, y “ojo piliche”, con que le dicen en Sullana a la persona que sufre de los ojos aunque también, me dice Manuel Abad, decían las madres a los niños cuando recién se levantaban con los ojos casi cerrados o legañosos. Es el único que registra “perilla”, que es el nombre de una enfermedad del arrozal, un hongo que afecta también a los animales de pezuña en época de lluvias, o “chirlazo”, como dicen en Suyo al palmetazo del maestro.

El arcaísmo norteño “talega” designa en el habla popular la bolsa para el pan o el mercado, que se hacían de tela o de lona. Las campañas contra la contaminación por el abuso de las bolsas de plástico han llevado a que los centros comerciales promuevan el uso de “bolsones” hechos de rafia de poliéster y nos hemos acostumbrado rápido al término. Tradicionalmente en todo el norte se llamaban talegas, como refleja Roger Santiváñez en sus remembranzas de “La plaza Pizarro” (2004):

Aún recuerdo que al frente

Estaba el Mercado Viejo

Con sus puertas de hierro

Altas resonando en el cielo.

Aquí mordía una manzana

Esperando la salida de mamá

Y los churres cargando las talegas.

Talega es palabra de origen árabe trasmitida al castellano medieval (de “taliqa”, que deriva de “alaq”, ‘colgar’). Se usa igualmente en Arequipa. Arellano refiere que en Sullana también es talega la bolsa impermeable con que se cubren el pelo las mujeres en la ducha. Y hace mención que en el sur “se burlan del piurano que usa esta palabra”. Se remite al caso de un muchacho, a quien los obreros de la fábrica “lo rebautizaron con el mote de talegas, porque decía: las talegas de cemento”. Pero también advierte algo más escueto: en plural son testículos, como en México.

Al menos hasta bien entrado el siglo XIX presentaba en el norte variación de género, igual que oocurre en otros vocablos de ese grupo: bolso/bolsa, cesto/cesta, jarro/jarra..., lo que respondía a su distinto tamaño o forma. Entre la correspondencia intervenida en Paita al pailebot Sacramento, durante las guerras de independencia, faltaba “un gran paquete o talego que encerraba la particular de Panamá”, que tal vez podía comprometer a algunos comerciantes limeños. En la requisa del mencionado correo, apresado por los hermanos Cárcamo, el informe del piurano Francisco Frías Adrianzén, comandante de Paita, señalaba también que de un baúl “se extrajo una talega de pita enrejada con doscientos a trescientos pesos”. Los caudales se transportaban así, lo que se decía en la época “pesos entalegados”. La evolución finalmente dio preferencia al femenino y la forma que persistió fue “talega”. En la jerga criolla de Guillermo Bendezú se registra “talegón” como apodo despectivo del que viste ropa muy holgada, pero esa una acepción parece que no ha persistido.

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