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Sáb, Jun

Canchaque “La Suiza Peruana”

Huancabamba
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No hay que dejar de ir.

FUE en un mes de abril que visitamos por primera vez Canchaque. Lo recuerdo. Salimos de Piura una mañana con un calor todavía insoportable. Ya estábamos en otoño. No en verano. Cinco horas después llegábamos a nuestro destino. Las noches en Canchaque son todo el tiempo frescas. Las estrellas refulgen en un cielo casi permanentemente despejado.

POR SU ALTURA (1.198 m.s.n.m.) acá se disfruta casi siempre de un clima templado. Sus habitantes podrían repetir, sin la arrogancia de los arequipeños, lo que éstos responde cuando se les pregunta si se sienten más sierra que costa o más costa que sierra. Ni lo uno ni lo otro, dicen los arequipeños. Para luego sentenciar: “No somos ni costa ni sierra. Somos casta”. Quitando lo de casta, los canchaueños podrían corear lo mismo.

NO SERÍA hasta la mañana siguiente, después de dejar el hotel y desayunar no muy lejos de allí, que tuvimos a Canchaque por delante y sin saber por dónde empezar para adentrarnos en ella y conocerla.. Desde la Plaza de Armas, el verdor y la quietud que irradian sus cerros tutelares, el Mishahuaca y el Cerro Campanas, te dicen, no que estás en otro mundo, pero sí en un lugar completamente diferente de aquel de donde vienes.

DESPUÉS de caminar casi toda la mañana, por eso de que a un pueblo se le conoce bien caminándolo, fuimos a parar a un trapiche. No recuerdo de dónde vino la invitación pero lo que recuerdo es que de pronto nos encontramos en medio de una floresta y a lado de nosotros un molino artesanal, trabajando en esos momentos a toda maquina, para extraerle a la caña con la que lo alimentaban la última gota de jugo posible. En pocillos nos dieron a probar dicho extracto. Despertamos a la mañana siguiente todavía con la mente en blanco.

EN ESTA primera visita conocimos a un cura franciscano, pilas él, medio rechonchito, mascullando un castellano que delataba su condición de extranjero. Era italiano. Nos mandó a ver porque se había enterado de que éramos periodistas. Y no sólo eso. También se había enterado de la juerga del día anterior en el trapiche antes mencionado y cuyo dueño era Teobaldo Vásquez.

QUERÍA que escribiéramos, no tanto sobre la labor social de su orden allí, sino, miren eso, sobre las necesidades, urgencias y abandonos que él veía todos los días, como una costra, en Canchaque. Cuando nos despedíamos nos dio la mano y en su media lengua nos dijo: “Hagan bien su trabajo, muchachos; y no chupen tanto ”. Ese curita se llamaba Esteban Bussemmi Calvaño. Ya debe haber muerto. Tuve que hacer llamar a Canchaque para que una persona de allá, que lo había conocido, me diera su nombre. Porque por más que lo buscaba en todos los rincones de mi memoria no daba con ese nombre. De ese archivo mío, se había borrado por completo.

UNA MAÑANA nos enrrumbamos muy temprano a Los Potreros, un centro poblado que no está muy lejos de Canchaque. En este lugar, Juan Cárdenas quería que conociéramos a un amigo suyo. Nos lo presentó cuando llegamos. El encuentro nos pareció preparado. Nos recibieron sirviéndonos de inmediato un desayuno propio de allá: guineo sancochado con una caballa salada guisada. “Esto no lo comen en Piura”, nos dijeron.

A LA HORA del almuerzo nos dieron a escoger, como entrada, entre una sopa de alverjas con guineo o la que se conoce como repe. El plato de fondo, y bien servido, consistió en un estofado de gallina. Con el rompope, que es una bebida muy típica de acá, arrancó la fiesta. Las palabras del padre Esteban (“muchachos no chupen tanto”) aparecieron en nuestro cerebro como cometas volando en el aire. Pero ya era tarde para tomarlas en cuenta. De nuevo la fiesta había comenzado.

HUBO una época, allá por la segunda mitad de los años ochenta, que pasábamos por Canchaque cada quince días. De retorno de Huancabamba, adonde íbamos por razones de trabajo los fines de semana, sólo nos deteníamos en Palambla. La parada obligada era en un restaurante de viajantes. Quedaba en la entrada del pueblo y su dueño era don Pepe Niño, un hombre bueno, bien trabajador, bastante locuaz y queredón como nadie otro en Palambla.

DESPUÉS conocería a Miguel Ciccia Vásquez. Con él hilvanamos una amistad que duró hasta que Miguel se fue de este mundo. Cuando construyó su casa de campo encima del cerro Mishahuanca estuve allí más de una vez. La llamó “La Esperanza”. Recuerdo que fue él quien me presentó a “Temblores”, compadre suyo y un personaje de película. Él sabe por qué.

ANTES de regresar a Piura, después de dar por finalizada esa primera visita (saldríamos de allá al mediodía) visitamos unos huertos. En uno de ellos la esposa del dueño cuidaba esmeradamente un pequeño jardín que ella misma había cultivado. Mientras caminábamos a su lado ella nos iba recitando los nombres de las flores que habían allí colgando todavía de sus ramas. Hasta que se detuvo en seco y, como quien hace el ademán de ir a coger con las dos manos un racimo, puso las suyas alrededor de una flores que tenía enfrente para exclamar: “Estas se llaman hortencias”.

AÑOS después, en Ayabaca, alguien que almorzaba conmigo sacó de un tiesto una flor para mostrármela y preguntarme si sabía cómo se llamaba. Le dijo que no. Escuché que me decía que no le agradaba el nombre de esa flor; sólo el nombre. Y que no le agradaba porque el nombre que tenía asociaba tristeza.Recuerdo que me dijo que esa flor se llamaba lágrima.

Y AQUÍ terminamos.

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