Prohibido sentarse aquí a esta hora

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Sociedad
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“ROSAL Viviente” es, sin duda, una de las canciones más populares de Miguel Ciccia, y, para muchos, ésta se ha convertido casi en el segundo himno de Piura.

Miguel se enorgullecía de ella, y en nuestros repetidos encuentros, tanto en Piura como en Lima, Tumbes y Canchaque y, en cierta ocasión, hasta en Puerto Hualtaco (Ecuador), famoso por sus platos marinos, como el carapacho relleno, que es todo un manjar, jamás se nos ocurrió preguntarle cuándo fue que compuso dicha canción. Ni él en decírnoslo. Y eso que hablábamos de todo.
Y la traemos a cuento por la referencia que hace de la avenida Grau al final de aquella estrofa que dice así: “Es el recuerdo eterno/ de los años bellos de mi juventud/ es el alma que canta,/ el corazón inquieto por volver a ti/ es la avenida Grau”. Y no es que vayamos a hacer historia de esta avenida, que la tiene, sino por otra cosa. Por algo relacionado con eso que se dice, y que debe ser cierto, de que en el mundo son pocas las ciudades -y Piura es una de ellas- que pueden presumir de tener una calle como destino o como eje de convergencia de quienes la habitan.
CON su Jirón de la Unión y su Palais Concert, Lima era una de ellas a principios del siglo pasado. Para los limeños de entonces, salir a jironear denotaba ir de paseo o de compras así no se comprase nada; eso sí, bien vestidos y, con sombrero, los varones. Contravenir esta regla vedaba a los infractores su ingreso a la mencionada arteria. Para los piuranos de ayer y de hoy, “vamos a conversar a la avenida” vendría a ser el equivalente a jironear, aunque no con la connotación que los limeños le dieron a este verbo en aquel tiempo.
HABRÁN notado que los piuranos ni siquiera completan la frase que usan como santo y seña para sus encuentros vespertinos o de las horas del cuco, que son las primeras de la noche. Evitan hacerlo porque dan por sentado que, entre ellos, todos saben que la avenida a la que se refieren en la expresión antes citada es la Grau. Los habitués hasta la tienen parcelada, y sólo falta que a las bancas que frecuentan les pongan un cartelito que diga: “Prohibido sentarse aquí a esta hora”.

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