Repartiendo "cariñitos"

Repartiendo "cariñitos"

Sociedad
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NO, no. No nos vamos a referir a esos cariñitos de la madame Claude. Averigüen ustedes quién fue ella. No siempre la curiosidad mató al gato. Aquí vamos hablar de otros “cariñitos”. Como los que ofrecían con mucha prodigalidad las picanterías piuranas de antes y ya no tanto, como entonces, las de ahora o las que aún siguen haciéndolo.


UNA de las últimas que hubo en Piura y que desapareció sin dejar morir la costumbre de servir un “cariñito”, por cada pequeño balde de chicha consumido, fue la que se le conocía en aquellos días como “La vereda alta”. Frente al antiguo camal municipal.
EL “cariñito”, como gesto agradecido con sus clientes de aquellas antiguas picanterías, ha dejado de ser en verdad lo que era antes: una cortesía bien extendida. En Piura ya sólo es un recuerdo y, en Castilla, no tanto. Acá todavía quedan algunas picanterías, como “La Carpintera” en Talarita, que son mentadísimas justamente por sus “cariñitos”. Los lunes, estos lugares revientan.
COMO pasa igual en Catacaos en sitios como estos: la Cara Cortada, la Casa de Humo, la Patrullera, la Cherenga y El Agua Santa, esta última una picantería conocida con ese nombre por la “pleitista”, una variedad de chicha que, a decir de sus comensales, es fatal. Tres pequeños medios baldes son suficientes para que al más desprevenido del grupo se le crucen los chicotes.
HUBO un tiempo en que los piuranos más jaraneros preferían, en lugar de ir a Catacaos, cruzar el Puente Viejo en dirección a Castilla y doblar a la derecha para llegar hasta los alrededores de la capilla Cruz de Chalpón donde gozaba de mucha celebridad entre su clientela por sus “cariñitos” esta picantería: “El Salto del Mono”. Compartiendo glorias parecidas se hallaban cerca La Fefo, La Pacherres, Las Palomas, La Irene y La Shirly. Donde también se jugaba casino y se apostaba con chicha.
LOS “cariñitos”, sobre todo en las picanterías piuranas de otros tiempos, era el mejor anzuelo que éstas tenían para atraer clientes y sentarlos en sus mesas. Aseguraban la venta de sus cántaros de chicha y, a cambio, recompensaban a sus comensales sirviéndoles espaciadamente aquellos “cariñitos” que tomaban la forma de buenas fuentes de cebiche o de mondonguito o de un pasado por agua caliente, entre otros platos. Y como final de fiesta venía un infaltable y bien servido aguadito de cabezas de chancho salpreso.

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