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Mié, Dic

Ese Tumbes de antaño

Ese Tumbes de antaño

Sociedad
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LA hermana mayor de mi padre -la tía María- ocupaba, antes de emigrar a Lima, los altos de una vieja casona de madera que estaba ubicada a un pasito de la Plaza de Armas de Tumbes y de su antiguo malecón, y en una callecita -la Ayacucho- que hasta hoy conserva el mismo largo de toda la vida: media cuadra. De niños solíamos visitar a la tía María.


DE esa época datan los primeros recuerdos que nuestra memoria conserva del Tumbes de ese entonces. Acá se llegaba cruzando un puente cuya superficie de rodamiento no permitía el paso de dos vehículos a la vez. Estos se veían obligados a detenerse en cualquiera de los extremos del aquel viaducto para que los otros, aquellos que venían en sentido contrario, avanzaran. O al revés.
EN aquellos días, cuando comenzaba a caer la tarde y el río Tumbes era todavía navegable, el sonido de un cuerno le avisaba, a la población colindante con el malecón, que ya estaba allí Cachanga. Todo un personaje. Él era quien traía a esa hora pescado fresco a bordo de un pequeño botecito a motor que surcaba las aguas de este río navegando a contracorriente desde su desembocadura en el mar.
LA lisa y la corvina eran, dicho sea de paso, dos especies marinas que casi nunca faltaban en esos avituallamientos. De vez en cuando había también robalo. Era obvio que se cenara, más de las veces, con pescado frito. La fragancia de esta fritura, cuando alcanzaba la calle, delataba la vivienda de donde provenía.
LA avenida principal se llamaba entonces Teniente Vásquez y el Curich ya existía. Nos aventurábamos a ir hasta allá, desde esa pequeña callecita de media cuadra antes mencionada, corriendo. Sin tardanza, regresábamos de la misma manera para evitar que la tía María notara nuestra ausencia.
DICHAS incursiones eran parte de las correrías infantiles de aquella época, que incluían también escapadas hasta el antiguo mercado, que quedaba entre la calle Bolívar, Piura y la Teniente Vásquez. Más acá, en la misma Bolívar y alargándose por dentro hasta la Teniente Vásquez, estaba el cine Tropical. Era el único que había en Tumbes en aquellos años.
EL Curich -ya que lo mencionamos- era un restaurante que miraba hacia la Plaza de Armas. Sus helados eran manjares para dioses. Con el tiempo, el Curich se convirtió en un lugar con solera. Allí se comía mejor que en cualquier otra parte. Las mesas acomodadas debajo de su portal eran las preferidas de su numerosa clientela. Mirada desde allí, la Plaza de Armas de Tumbes era una postal. Hoy el Curich ya no existe.

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