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Mar, Oct

Vida Parrandera

Vida Parrandera

Sociedad
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SI ustedes saben quién es Kike Valera y lo han escuchado, reconocerán que el título de esta nota le pertenece a una de sus canciones más populares. Aquella que comienza así: “La vida parrandera me mata/ Me mata, me mata y me acaba/ Me mata, me mata, me acaba/ Esta vida parrandera me acaba”.

LA escucho a veces. Cantada por el mismo Kike Valera, en la actualidad uno de los más destacados músicos del son cubano. Y la escucho grabada en un video en donde se le ve a él cantándola desde un estrado levantado al aire libre en una esquina de lo que parece ser una de las calles céntricas de La Habana Vieja. Lo acompañan su esposa y sus hijos, todos músicos como él.  Y también un público alegre arremolinándose de manera espontánea delante de la improvisada tarima.

A ver que alguien diga si alguna vez, en sus años mozos o de juventud o prolongando estos, fue inmune a la tentación de salir de parranda o de fiesta un fin de semana. Casi nadie. Esas noches nuestras de “vida parrandera”, como el título de la canción de Kike Valera, se iniciaban, si era viernes, a golpe de 9 de la noche. O si era sábado, igual. En La Calesa cuando era el caso.

Y, si no era allí, al frente estaba, para lo mismo, el Blood Monn y, a un costado de éste, El Flamenco y los tres en la misma cuadra de la calle Ayacucho, entre la Arequipa y la Cuzco. No eran, desde luego, los únicos sitios donde uno podía darle valor agregado a la noche y estirarla un poco más sin sentir que lo estábamos haciendo. Había otros: como el Center Garden, el B&B, La Taberna, “A mi manera” y Alex Chopp.

PARA quienes gustaban amanecerse, hasta ver clarear el día, podían atrincherarse en un bar que funcionaba en la Callao con este nombre: “24 horas”. O salir de allí y sólo cruzar la calzada de la calle Arequipa, antes de la medianoche, para verse engullidos en “Los Portales”, una de las peñas nocturnas más sonadas en aquellos días. A esa hora, este lugar hervía de gente y Luisa Aguilar, que era la cabeza del negocio, desesperaba cuando conocidos suyos no hallaba mesas donde sentarse.

CUANDO Piura cumplió los 450 años de su primera fundación, una periodista española, que vino para cubrir las celebraciones que hubo entonces, quiso, en la primera noche de su estancia acá, comerse un cebiche. Le habían hablado tanto de este plato que se acordó de él como a las 2 de la mañana. Se lo sirvieron. Complacerla no fue cosa del otro mundo. Se hallaba en el lugar preciso: el Múnich, una chopería que ya no existe pero que existió.

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