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Vie, May

Yo lo compro

Yo lo compro

Sociedad
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MIREN los instrumentos musicales que este hombre tocaba endiabladamente bien en su tiempo y que eran estos: bombo, piano, violín, guitarra, bandolina, bandurria y clarinete.

Y lo más curioso es que nadie, en su pueblo, supo nunca jamás de cómo había hecho él para pulsar, con tanta e idéntica destreza, todos y cada uno de dichos instrumentos. Sonriendo, sólo decía, cuando alguien se lo preguntaba, que la música que tocaba la había aprendido “de oídas”.
A este hombre también se le dio por ser fotógrafo y, durante años, nadie, fuera de su tierra, lo supo. Y cuando el legado de su trabajo, como fotógrafo, trascendió un poco, recién, entonces, se hizo la luz. Eso lo comprobé un buen día leyendo el diario “El Comercio”. La nota que se ocupaba de él, a toda página, la encontré en aquella sección de dicho periódico donde se escribe sobre cultura, arte, cine y música, con “Condorito” siempre al costado. Pensé, al verla y sin leerla todavía, que a lo mejor ésta hablaría de Martín Chambi, un fotógrafo puneño considerado pionero en el Perú de la fotografía de retrato.
PERO no. Hablaba, más bien, de este otro fotógrafo, de don Rubén Quevedo Timoteo, un ayabaquino nacido a principios del siglo pasado; en el año 18 para ser más exactos. En esos momentos, leído ya el mencionado artículo -crónica, diríamos-, su nombre ya nos pareció conocido. Tanto así que luego, allí nomás, recordamos que se trataba de la misma persona de quien, años atrás, en Ayabaca, en un almuerzo familiar, un nieto suyo, Carlos, nos lo había mencionado.
LO último ocurrió así. En ese almuerzo, escuché, mientras comíamos, que Carlos me decía, “ese piano fue de mi abuelo”, cuando advirtió que yo había desviado mi mirada hacia ese lado del comedor donde estaba dicho piano. “Mi abuelo era músico”, fue lo que Carlos también me dijo con cierto empaque. Del fotógrafo ni una mención. Ni pío.
SEGUIDAMENTE me contó del Club Unión. Ese piano, un piano inglés, hoy con más de cien años de antigüedad, había pertenecido a ese club. Cuentan que sólo la gente más emperifollada de la sociedad ayabaquina de entonces podía ser socia de aquella institución. Si no, no. Y aquí vamos a ese punto que sirvió para que dicho piano cambiara de manos o de dueño. Y que sucedió cuando, subastándoselo y ya nadie, entre los presentes, ofrecía más por él, de pronto, alguien, desde el fondo, levantando la mano y aclarando su voz, alcanzaba a decir: “Yo lo compro y aquí está la plata”. Era don Rubén Quevedo, en su traje de músico. No de fotógrafo. Aunque era ambas cosas, como queda ya dicho.

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