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Mar, Oct

Tambo grande, Yayo Celi y el Km 21

Tambo grande, Yayo Celi y el Km 21

Nacional
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Escuché por primera vez hablar de la carretera Tambogrande – Piura a mi padre. Fue en las legendarias charlas de café que sostenía en casa con ese inseparable trío de amigos que lo visitaban siempre: Alejandro Alberdi Carrión, el “charro” Humberto Requena y Paco Larrea.

Mi padre me consentía demasiado y permitía mi presencia en esas reuniones de mayores. Aquello era impensable por esos días, que un niño estuviera compartiendo la mesa con adultos. Con los años he caído en cuenta que lo único que he hecho en mi vida es escribir acerca de aquellas inolvidables vivencias. Nunca olvidaré las amenas tertulias que sostenían sobre variados e importantes temas, entre ellos, la de este soñado proyecto de la carretera Tambogrande – Piura, tantas veces postergado. Recuerdo que Humberto Requena decía que desde el cerro de Narihualá, en día sereno, se podía divisar tranquilamente la ciudad de Tambogrande y su enorme tanque de agua. Que la ruta que seguían los alfareros y tejedores de Catacaos al dirigirse a Tambogrande para vender sus productos era la del kilometro 21. Papá también recordaba los viajes que emprendía el abuelo Julio a Loja, llevando sus licores, se hacían atravesando el desierto que separaba Catacaos de Tambogrande. Ambos lugares han sido de vital importancia en la economía piurana desde la época virreinal, hasta nuestros días. Hay que recordar que desde mediados del siglo XVII Tambogrande y Piura constituían una potencia ganadera en el virreinato peruano. Sobre todo de ganado caprino y mular. El tráfico comercial entre ambas ciudades, que existió siempre, hasta la década del treinta del siglo XX, fue vigoroso.
Fue en Tambogrande donde se amasó una de las fortunas más importantes de Piura. Y fue precisamente una mujer quien logro tal hazaña, convirtiéndose con los años en una leyenda viva. Se llamaba Sara de Vargas Torres e Hinojosa y era lojana. Casada con el tinero y curtidor piurano Gerónimo Méndez de Sotomayor y Mora, formaron la familia más próspera y pudiente de la región. Eran dueños de la hacienda Tambogrande, allí tenían su casa-tina y tenería, los potreros donde criaban cabras, ovejas y mulas que luego eran vendidas en todo el virreinato peruano. La fabricación de jabón y cordobanes eran la actividad más importante. Ambos productos eran comercializados por el norte hasta Quito, pasando por Loja, Cuenca y Riobabamba; y por el sur hasta Lima. El jabón se elaboraba con la grasa y el sebo de las cabras y los cordobanes con su piel. También elaboraban velas con el mismo sebo y eran de uso popular. La aristocracia piurana utilizaba para alumbrase velas de cera de abeja, que eran más finas, más costosas y menos tóxicas.
El ganado mular era otra de las actividades vitales para el transporte. En Tambogrande, estaban ubicadas las haciendas estancieras que se dedicaban a la crianza de mulas, caballos y acémilas. La algarroba obraba el milagro. Las haciendas dedicaban grandes esfuerzos y cuidado para la explotación racional de los bosques secos. Dicha vaina era el principal alimento para el ganado y constituía la piedra angular de este negocio. Sin lugar a dudas, la mula fue un animal trascendental para el desarrollo económico del virreinato en general y de la región norte en particular.
La Carrera de Lima, y sobre todo el camino real de Loja, que era atendida por este providencial equino, constituía el eje vial más importante del virreinato del Perú. Unía Quito con Lima a través de diversos enclaves económicos mercantiles. Cuenca, Loja, Tambogrande, Piura, Lambayeque, Trujillo y Lima respectivamente. Las mulas eran el animal ideal para la carga y transporte debido a su fortaleza y vigorosidad.
La importancia de Tambogrande, desde el virreinato hasta nuestros días, ha sido su ubicación estratégica y sus extensas y fértiles tierras de cultivo. Lugar de encuentro y cruce de caminos ancestrales, conecta con Piura, Catacaos, Morropón, Huancabamba, Ayabaca, Sullana y Loja. Debido al auge y pujanza de su comercio sus vías siempre han sido codiciadas por los facinerosos. A principios del Siglo XX, aparecieron hordas de bandoleros que asolaban los caminos despojando a los ganaderos y comerciantes de sus mercancías. Fueron famosos, el Gato Bazán, “Pajarito” y Froilán Alama, este último el más notable. Alrededor de Froilán se han tejido muchas leyendas que han dado origen a importantes novelas y ensayos sobre su vida y aventuras.
La segunda vez que escuché hablar de la carretera Tambogrande – Piura fue a Ramón Celi Soto, más conocido entre los amigos como Yayo Celi. En ese entonces, mediados de los ochenta, Yayo era alcalde de Tambogrande. Estábamos en casa de don “Pachico” Celi, su tío, quien también fue alcalde de la ciudad. Recuerdo que el tema de la conversación, aquella cálida tarde espirituosa, fue la bendita carretera. Pachico Celi nos recordaba que desde principios de la década del treinta el presidente Augusto B. Leguía había destinado los fondos para su construcción. Sin embargo, el golpe de estado que encabezó Sánchez Cerró frustró el proyecto y los fondos que estaban en camino se extraviaron irremediablemente en los caóticos vericuetos de la corrupción. Hubo muchas iniciativas para la construcción de dicha carretera que era un viejo y caro anhelo del pueblo tambograndino. Sin embargo, fue Yayo Celi desde la alcaldía quien emprendió de manera terca y sostenida la lucha para materializar este sueño postergado. Jamás he visto a una persona tan obstinada por algo, como él. Algunas veces las conversaciones se tornaban monotemáticas con respecto a la carretera de marras.
En las elecciones del año 2003 Yayo Celi fue elegido Consejero Regional. Traía como punto prioritario de su agenda política la construcción de la importante carretera. En un inicio pensó que desde su posición de miembro del Consejo Regional, máxima instancia del gobierno piurano, le sería más sencillo viabilizar el viejo proyecto. Pero no fue así. Existían mil y una barrera burocrática que impedían materializar tan anhelado sueño. El principal era que el proyecto no sería rentable y constituiría un elefante blanco, que pocos vehículos transitarían la arteria. Nada más falso, el tiempo le devolvió la razón a la huella histórica. Esta vía no era una simple carretera, constituía la memoria viva de un camino transitado desde épocas inmemoriales. En poco tiempo se revitalizó el comercio y el turismo, devolviéndole a este importante camino su antiguo esplendor. Durante dos siglos la vía Tambogrande - Piura fue parte de la Ruta de la cascarilla. Esta corteza milagrosa del árbol de la Quina que combatió la epidemia de la Malaria en todo el imperio español y luego en el planeta entero, transitó sin sosiego por este camino, desde Loja hasta el puerto de Paita.
De modo que no fue fácil para nuestro amigo Yayo poner en marcha su proyecto vial. Sabía por experiencia que detrás de una iniciativa política debía existir soporte técnico profesional. Y fue precisamente en estos días aciagos que aparecieron dos personajes cruciales en su camino. Los ingenieros Raúl Romero Chávez y Guido Seminario Mendoza. Ambos, duchos en materia de proyectos, se pusieron manos a la obra y lograron levantar, una a una, las observaciones que impedían lograr el objetivo final: aprobar los fondos para la ejecución del proyecto. En cada tramo de la carretera iban apareciendo problemas, unas veces eran restos arqueológicos encontrados o caseríos que exigían que la carretera cruzara sus predios. La comunidad campesina pedía, en compensación por sus tierras donadas, obras civiles. Ha sido, gracias a la gestión y buenos oficios de los ingenieros, quienes se ganaron el pleito, que pudo materializarse el viejo anhelo de los tambograndinos, esta importante e histórica carretera.
He sido testigo presencial del avance de dicha obra. En mis viajes a Piura visitaba a mi amigo Yayo y juntos nos internábamos, en su pequeño Volkswagen escarabajo, para ver como aquella cinta negra de asfalto le iba ganando terreno al desierto y al desaliento. Podía leer en su rostro de beduino esos destellos de felicidad y satisfacción que solo nos da el logro de un sueño largamente acariciado.
Siempre que nos reunimos en el Zelada para tomar un café recordamos los quebraderos de cabeza que significó sacar adelante dicho proyecto. Al fin se aprobó y se asignaron los fondos para la construcción. Había transcurrido diez años desde que se inició la gestión hasta el día de su inauguración. Fueron años de avances y retrocesos, zancadías y saltos de vallas, pero contra viento y marea se cumplió el objetivo final.
Hoy podemos transportarnos desde Piura, en una línea de servicio urbano, no solo a Tambogrande, sino hasta Las Lomas y deleitarnos con sus famosas y exquisitas tortas de canela. La antigua Ruta de la Cascarilla ha sido restaurada. Cuando diviso los parajes, los algarrobos y zapotales a través de las ventanas del bus, imagino las siluetas de los bandoleros, montados en sus fieros caballos y las recuas de mulas y sus arrieros abriendo surcos y caminos.
Sin embargo, Tambogrande nos tiene muchas sorpresas. Su potencial de desarrollo es inconmensurable. No solo es el emporio agroindustrial, donde el limón, el mango y las uvas son sus cartas de presentación al mundo. Es una ciudad que literalmente duerme sobre un inmenso colchón de oro. Bajo su suelo descansan reservas muy importantes del metal precioso. Pero mientras no exista una convivencia ecológica sana, libre de contaminación, que proteja el rico valle de San Lorenzo, el conflicto agricultura – minería se mantendrá, y dichas riquezas permanecerán bajo tierra y la frase del sabio italiano Antonio Raimondi se mantendrá vigente.
Es evidente que Tambogrande reúne todas las credenciales que le acreditan un linaje histórico de buena sepa y el potencial de desarrollo de una próspera Provincia.

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