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Sáb, Jun

Recomendaciones de un curioso admirador

Recomendaciones de un curioso admirador

Nacional
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La noche que presenté el poemario Ad Libitum de Marita Troiano en la Casa de la Emancipación de Trujillo, todo ocurrió como estaba previsto.

Yo había hecho unos apuntes salpicados de anécdotas, gracias a los que pude desenvolverme con la aparente satisfacción del público. Al terminar, Marita me abrazó agradecida y varios de los asistentes se acercaron a mí para felicitarme. Hubo una “sobremesa” y luego las despedidas. Una vez solo, decidí caminar un poco y sentarme en una de las bancas de la plazuela El Recreo, a tomar el aire de la noche y a disfrutar de ese precioso rinconcito Trujillano.
Casi no había gente. La noche se iba haciendo mayor y el ruido del tránsito empezaba a disminuir. De pronto, vi un grupo de personas caminando y conversando animadamente. Se dirigían al arco de la plazuela, rumbo a la avenida España, donde seguramente tomarían sus buses o taxis. De pronto, uno de ellos se desprendió de sus compañeros y regresó la mirada hacia donde yo estaba.
Era delgado, vestía un traje negro y tenía un sombrero de farmer, ligeramente ladeado. En cuanto estuvo cerca, leí en su polo estas palabras grabadas con letras blancas muy grandes: I AM A MURDER; complementaba su pantalón oscuro una correa adornada con gruesos y relumbrantes tachones dorados. Usaba gafas a lo John Lennon y una cabellera frondosa rematada sobre la nuca con una cola de caballo atada por un Pili-mili. Además, sandalias huanchaqueras y un fólder con dibujos del Hombre Araña bajo el brazo.
—Buenas noches, don Alberto—me dijo—. Disculpe que lo interrumpa, ¿me acepta unas palabritas? Me llamo L y vivo por acá nomás, por La Huerta.
Me era desconocido, pero como soy amigable y conversador, me dispuse a escucharlo.
— He estado con mis amigos en la presentación de la poetisa Troiano —me dijo—; me ha gustado, pero me picó la curiosidad cuando dijo usted que las mujeres bonitas no deben escribir poesía, porque ellas mismas son la poesía; y que cuando lo hacen suelen ser huachafitas, así dijo, ¿sí o no?
—Dije que suelen ser prescindibles—le corregí.
—Bueno—continuó L esbozando una sonrisa—. Y también dijo que las buenas poetas mujeres son generalmente bastante feítas, y puso como ejemplo a Grabiela Mistral, ¿sí o no?
—Sí, es verdad—acepté, intrigado por saber a dónde quería llegar mi curioso interlocutor.
— ¡Excelente! —dijo con satisfacción—. Yo sólo conozco a la tal Grabiela Mistral, pero partiendo de allí le doy la razón. La señora Troiano se salvó cuando usted la puso como un caso raro, porque era guapa y también una buena poetisa, ¿sí o no?
Como no respondí a su muletilla, continuó:
—Mire, don Alberto, no sé cómo decirle, pero estoy seguro que me entenderá. En el caso de los poetas hombres eso de la carita no importa tanto. Lo que está mal es que uno no dé ninguna señal de ser escritor o poeta. Y el caso de usted es algo incomprensible. He leído algunas poesías de su inspiración, un poco difíciles para mí. ¿A dónde voy? Se lo diré de frente y sin máscaras, como dice la doctora Gonzáles en RPP. Usted, don Alberto, no da ninguna apariencia de ser poeta, ¿sí o no? Mi enamorada me ha dicho que usted parece más bien un guardia civil retirado, otros lo ven como chofer de camión o tendero de cachina, disculpando la palabra. Yo, la verdad, siempre lo he visto como un zambito de los Barrios Altos o como un cajonero chinchano. Se lo digo con todo respeto, no es mi intención desvalorizalo. Al contrario, como admirador suyo, quería preguntarle por qué, con la buena calidad de su obra, según los cultileídos, incluyendo a don Marco Aurelio Denegri, no sé deja una melenita, tipo poeta maldito o se pone unos lentes como éstos (y señaló los suyos); tampoco le vendrían mal unos politos con algo referente a la literatura, o provocador como el mío. O si esto le parece mal, déjese unos bigotes, no como los de don Ricardo Palma sino como los de Nicomedes Santa Cruz que, además, era negrito como usted. Hágalo, don Alberto, usted se lo merece. Lo de las canas sí lo discuto. No se las pinte. Una vez vi acá en Trujillo a un poeta llamado Arturo Corcuera, el notario. A él le quedan bien las canas y su melena. Da la impresión de ser poeta, ¿sí o no? También me han contado que, en su época, el negro Verástegui, usaba un african look que le daba un bonito caché de poeta: lo mismo don Omar Aramayo, aparte de andar con un sobretodo negro, tipo Drácula, llevaba siempre una calavera en la mano…Hicieron historia, don Alberto, ¿sí o no?
La perorata tiraba para largo. Me sentí apabullado; se trataba seguro de un desborde humorístico de mi curioso admirador. En eso, en la esquina de Estete con Pizarro, cerca del guarique de don Misael Burgos, se detuvo un carro de la policía con la circulina encendida, y entonces pude ver nítidamente el rostro de mi interlocutor. Estaba realmente serio y al parecer me hablaba con firme convicción.
—No pensé que la cosa fuera para tanto—le dije en tono conciliatorio, acordándome de que a veces la tolerancia es una forma del desdén—; tendré en cuenta sus recomendaciones. ¿Y usted a qué se dedica?
La pregunta cayó como pedrada en ojo tuerto. L sonrió satisfecho, se levantó de la banca, respiró profundamente y sacando pecho me respondió:
— ¿No se ha dado cuenta, don Alberto, que soy poeta? Hasta ahora no he publicado nada, porque soy virgo y por lo tanto muy perfeccionista, pero dentro de poco los trujillanos tendrán noticias mías. Aprovecho más bien para alcanzarle uno de los poemas de mi primer retoño, o sea mi primer libro.
L abrió su fólder del Hombre Araña, sacó una hoja de entre varias, me la entregó delicadamente y me pidió disculpas por la prisa de retirarse. “Tengo que buscar un arbolito, me gana el pis, don Alberto. Pase buenas noches”. Y se fue apretando las piernas bajo los altos ficus de la plazuela.
El poema, según decía el papelito, formaba parte de un poemario titulado CANTO A LA PRIMAVERA TRUJILLANA y sus primeros versos decían:
Oh, si no te cantara, primavera
En esta vida ignota
Sería un poeta idiota…
O un zarrapastroso cualquiera.
Lo de “poeta idiota” y “zarrapastroso cualquiera” se lo acepté sin reparos. Lo que no le acepté fue la hoja completa. La convertí en una bolita y la tiré en la papelera municipal de la esquina. Felizmente, esa noche, tuve un sueño tranquilo.

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