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Jue, Sep

Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales

Don Tuno, el seño de los cuerpos astrales

Literatura
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Cuando presentaba mi nuevo libro “¡Kutimuy, Garcilaso!”, un periodista me preguntó cuánto tiempo me había tomado escribir sus 500 páginas. Les respondí que tal vez cinco meses lo habíamos tipeado, pero que prepararlo me había tomado toda la vida.


Me refiero a que escribir sobre Garcilaso Inca de la Vega, el padre de nuestra nacionalidad, me había llevado a pensar en las más antiguas raíces culturales de nuestra estirpe y que todos mis libros han había sido una preparación para este. Don Tuno, actor y personaje de uno de ellos, me mostró de qué manera las antiguas artes de curar y formas de ver el mundo se perpetuaban hasta hoy y le daban sentido a nuestras vidas.
Hablaré de don Tuno, un chamán de Trujillo quien era al mismo tiempo ceramista, pintor, escultor y curandero. ¿Me siguen?
Encontré a mi compadre Don Tuno, fabricando un hombre.
-Te está saliendo mal.- le critiqué.
-Tú lo que quieres es mujer.-respondió, y volvió a su tarea.
A mitad y mitad entre la sombra de la noche y las primeras luces del día, mirando desde el pequeño banco de madera donde me hallaba, el Maestro Eduardo Calderón Palomino, llamado también Don Tuno, lucía descomunal.
Era su panza lo que más contribuía a las asombrosas proporciones de aquella silueta a contraluz. Su cabeza parecía tallada mil años atrás con unos ojos chinos y una nariz de hacha a los que se añadía una larga cabellera recogida en la forma que lo hicieran los profetas.
Desde esas horas, el Tuno se encontraba dedicado a la fabricación de cerámicas y tallas de madera. A las siete comenzaba a ser un sanador. En ese momento, venidos desde Trujillo y desde todos los pueblos por donde corre el río Moche, arribaban a su casa personas que confesaban padecer de todo tipo de dolencias y pesares.
El maestro los recibía uno por uno de manera reservada y les iba recetando las pociones de yerbas que consideraba necesarias para su curación. Algunos cargaban en una bolsa de tela un pequeño roedor muy escurridizo, el cuy, cuyo uso es indispensable para los diagnósticos más especializados.
He llegado a contar entre cincuenta a sesenta los cuyes sacrificados en una sola mañana. Sobre el cuerpo del paciente que, a veces no había declarado sus síntomas, el curador sobaba varias veces el breve animal todavía vivo al tiempo que repetía un ensalmo casi inaudible.
Algo de eso he intentado yo durante los años transcurridos desde que publiqué el libro. He vivido luego en geografías muy diferentes, desde los Andes del Perú hasta las empinadas calles de San Francisco y Berkeley, el bosque esotérico de Oregón y las montañas de Asturias colmadas de minerales y de dioses.
-Está hecho a mi imagen y semejanza.- dijo el maestro satisfecho. Levantó la talla de madera que estaba diseñando y comenzó a mirarlo cerrando un ojo.
-Hmm. Está un poco gordo.
Sacó una cuchilla y comenzó a desbastarlo del lado de la barriga. Luego depositó las herramientas sobre la mesa. Tomó un papel de lija y se lanzó a la tarea de perfeccionar su obra. Quince minutos más tarde, la talla de madera estaba perfecta.
Llegó luego la hora de la cerámica, pero el Tuno estaba un poco cansado. Ya se habían ido sus pacientes, y nosotros nos fuimos a tomar un café.
Mi compadre Eduardo Calderón Palomino falleció en 1996. Un día le prometí que nuestro libro seguiría vivo todo el tiempo entreverado con los cuerpos astrales y la nostalgia. Por eso, lo recuerdo hoy que sería su cumpleaños.

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