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Sáb, Jun

Cien años de Luis Jaime Cisneros.

Cien años de Luis Jaime Cisneros.

Literatura
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Palabras sobre Luis Jaime Cisneros


Conmemoramos, el 28 de mayo de 2021, cien años del nacimiento de Luis Jaime Cisneros y el Instituto Riva Agüero de Lima le rinde caluroso homenaje, al que me sumo como antiguo alumno suyo en las aulas universitarias y como representante de la Academia Peruana de la Lengua, institución a la él le dio organización y brillo, siguiendo la estela de Ricardo Palma, Francisco García Calderón y Landa y Aurelio Miró Quesada Sosa.
Nacido en Lima, Cisneros pasó su infancia y juventud en Buenos Aires y fue primero estudiante de medicina, hasta casi culminar los estudios, y luego recibió los cursos de filología, conoció y trató a célebres maestros como Pedro Henríquez Ureña y Amado Alonso. De regreso al Perú, a fines de los años cuarenta del siglo XX, se vinculó a la Pontificia Universidad Católica como profesor desde 1948 y a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se graduó como doctor en 1955. Durante toda su vida fue un intelectual que entrelazó la voluntad de conocimiento, la vocación de creación científica y humanística, con la enseñanza y con la entrega cívica al país. Lo más importante de la universidad, parecía decirnos a lo que lo escuchábamos, no transcurre en los salones de clase, durante los cursos, sino en el silencio de las bibliotecas y laboratorios, en el bullicio de los patios y sus bancas, en los cafés, durante deliberaciones interminables, en las conversaciones entre compañeros o entre estudiantes y profesores. Antes que él, ningún profesor, salvo Raúl Porras Barrenechea, acercó a puñados de alumnos a su mesa de trabajo, alternó con ellos con horizontalidad, los estimuló a avanzar y sintió como propios los éxitos pequeños o grandes de los jóvenes. Fue un maestro y este es el título que mejor le corresponde. Las palabras salían de su boca con tal precisión y galanía que parecían borrar las diferencias entre lengua oral y lengua escrita. Estaban cinceladas por la sabiduría y el afecto. Cosas que interiorizaron varias promociones de estudiantes y muy destacados intelectuales: Luis Loayza, Julio Aramayo, Enrique Carrión, Alberto Varillas, Armando Zubizarreta, José Miguel Oviedo, Juana Truel, Alonso Cueto, José Luis Rivarola, Carlos Gatti, Beatriz Mauchi, Salomón Lerner Febres, Jorge Wiesse, Rocío Caravedo, Carlos Garatea, José Salas, Álvaro Ezcurra.
Un hecho menos conocido de la biografía de Luis Jaime Cisneros es la extraordinaria importancia que concedió a la educación primaria y secundaria. Algunos bibliógrafos recuerdan sus iniciales esfuerzos para la renovación de textos escolares en 1953, y la serie de libros de esos niveles que escribió y publicó en los años siguientes, lo que le motivó una popularidad entre los maestros del Perú, solo compartida por Luis Alberto Sánchez o por Jorge Basadre.
Escuchar una clase de Luis Jaime Cisneros era algo mágico. Era un actor en el escenario, esperaba con paciencia que hubiese un silencio total, probaba con toques de los nudillos el funcionamiento del micrófono, se aclaraba la garganta y empezaba a perorar. Humanizaba a los lingüistas de los que quería hablar. Nos hacía parecer que conocíamos a Ferdinand de Saussure, que podíamos verlo en su jardín en Ginebra, mientras elaboraba sus teorías, o a Eugenio Coseriu, que un día efectivamente vino al Perú y se alojó en la casa de nuestro profesor. Hablaba con ternura de Amado Alonso o de Alonso Zamora Vicente. Nos contó que una vez había visitado en su casa, en las afueras de Madrid, a Ramón Menéndez Pidal, quien tenía una mansión con numerosas habitaciones con libros ordenados en mesas de trabajo. El maestro cumplía noventa años. Y le fue mostrando cada una de sus posibles investigaciones filológicas y señalando, el tiempo en años que se iba a demorar en cada una. Al salir, Luis Jaime, sumó todos los años dichos por Menéndez Pidal. Sumaban 48. Iba a vivir, merced a los estudios, hasta 138 años. Ramón Menéndez Pidal murió al cumplir los 101 años.
Los libros que escribió Luis Jaime Cisneros, como su célebre Lengua y estilo de 1959, o Formas de relieve del español moderno de 1957, o el artículo El estilo y sus límites, de 1958, logran el difícil equilibrio entre la vocación científica y un lenguaje de apariencia llano, lleno de precisiones, que cautiva a los intonsos y satisface a los entendidos. Prosa que va derecho a su objetivo, pero que va haciendo atractivo el camino. Y cómo no referirse a sus modelos literarios, los explicaba con tal fruición que se volvían inolvidables con apartados definitivos en nuestra memoria: ahí están Ruy Díaz de Vivar, Juan Ruiz, arcipreste de Hita, Juan Espinosa Medrano, José María Eguren, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y sus inolvidables cuentos fantásticos. El ritmo era algo que mucho le preocupaba, el regular de la poesía clásica y el más difícil de percibir de la lírica del llamado verso libre. ¡Y el ritmo de la prosa! Eso era algo que de verdad lo entretenía. Pasábamos muchas horas de clase advirtiendo el ritmo de Ramón del Valle Inclán en sus célebres Sonatas o las páginas hermosísimas de Los ríos profundos de José María Arguedas. Algo que los lingüistas, incluso los de muchos pergaminos, salvo Samuel Gili Gaya, suelen eludir por el carácter elusivo de la materia.
La labor de Luis Jaime Cisneros en la Academia Peruana de la Lengua fue encomiable. A lo largo de muchos años, concurriendo al local del Palacio de Osambela, en Conde de Superunda 298, Lima, organizando charlas y conferencias y manteniendo viva la revista institucional creada por Aurelio Miró Quesada, nuestro maestro supo galvanizar deseos e inquietudes de un grupo de intelectuales acostumbrados al trabajo individual, pero un poco menos al trabajo colectivo y que sin embargo, constituyeron una corporación compacta de defensores del castellano andino, exactamente como Ricardo Palma en el siglo XIX. Gracias a Cisneros, los académicos adentraron en su espíritu para siempre, la convicción de que nuestro castellano convive en estrecha relación con los idiomas andinos y amazónicos, que ejerce una influencia sobre ellos y que a su vez recibe vocablos, organización de frases, entonaciones que son originarias de los pueblos de América. Entendimos también que nuestro castellano no está aislado en América del Sur, sino que es hermano gemelo del castellano de Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Guatemala, México, Argentina, Paraguay, Uruguay. Y que lo que tenemos es un castellano americano, que tiene lazos poderosos con el castellano español, el de Filipinas, el de Guinea Ecuatorial y el de Estados Unidos. Unidad en la diversidad fue lo que Luis Jaime Cisneros proclamó en el Perú, como José Moreno de Alba lo hizo en México o Humberto López Morales el filólogo y lingüista portorriqueño, desde la Secretaría General de la Asociación de Academias de la Lengua Española, en Madrid.
A lo largo de su existencia Luis Jaime Cisneros recibió numerosos honores, cosa no habitual entre nosotros, hechos que él tomaba con naturalidad y sin ninguna ostentación. Obtuvo, por ejemplo, las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta, en 1992, la Condecoración Orden del Sol del Perú en el grado de Gran Cruz; en 2006, los Premios Nacionales de Cultura en crítica, en 1948, y en Pedagogía, en 1956 y 1963. Doctor honoris causa de la Universidad de Cajamarca, fue profesor honorario de la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa, Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica, Universidad Nacional Jorge Basadre de Tacna. Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia de Letras del Uruguay.
En las dos últimas décadas de su vida, visité, como antaño, asiduamente a Luis Jaime Cisneros, su magisterio principal había sido conmigo enseñarme la importancia de las instituciones para el funcionamiento de las sociedades y hablábamos con frecuencia de la Academia Peruana de la Lengua, de la necesidad de incorporar miembros dinámicos. Un día conversábamos de posibles incorporaciones y su hijo, Luis Jaime Cisneros Hamann, nos dice: “¿otra vez jugando a las sillas?”

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