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Sáb, Jun

J.G. Rose, la piel de la ternura

J.G. Rose, la piel de la ternura

Literatura
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Detrás de la imagen de un hombre víctima de su propio infortunio, la incomprensión y el intimismo destructivo que proyectaba, vivía un compositor de versos sencillos que lograron conectarse con el sentimiento popular. El libro Tu voz. Antología de poemas y canciones de Juan Gonzalo Rose, de reciente aparición, recoge lo mejor del poeta más entrañable de la literatura peruana.

A Juan Gonzalo Rose me une la misma clase de sentimientos que me unen al portugués Fernando Pessoa: admiración, identificación, ternura y pasión por los versos que escribió y por la forma en que asumió su vocación literaria.

El autor de Cantos desde lejos no fue el primero ni el único poeta que leí en mi adolescencia, pero sí el que sentí más afín a mi sensibilidad. Quizás fue por su sencillez, por su forma de poetizar los sentimientos ordinarios o por su cercanía a la música.

Cuando lo descubrí, sentí que sus poemas eran más canciones que poemas, lo cual no era un demérito, sino una virtud. En un mundo donde la poesía parecía estar divorciada del gran público y los poetas se volvían cada vez crípticos que elocuentes, Rose era para mí la transparencia, la ternura a borbotones a través de la cual la poesía lograba adherirse al alma de los lectores.

Hay versos que para ser sentidos y comprendidos requieren de las notas al pie de página de filólogos y exégetas. Muchos de los poemas de César Vallejo, por ejemplo, se iluminan con pasajes de su biografía o con ciertas lecturas que hizo en su tiempo. Otros textos no demandan tal esfuerzo: conectan directamente con el lector gracias a la sencillez y autonomía de sus recursos. Rose pertenece a esta clase de creadores.

Lo leí por primera vez de manera orgánica en el famoso librito que le editó el Instituto Nacional de Cultura en 1974, un tomito blanco que tiene en la portada una pirámide y centro de esta un detalle del Guernica de Picasso. Yo era por aquellos años un tímido lector que andaba siempre en busca de libros que le abrieran los ojos y lo conmovieran, y ese fue un libro que en cierto modo me cambió la vida.

Era el verano del 1983, un poco antes de que las lluvias del Niño causaron estragos en el Norte del Perú. Yo esperaba el bus que me iba a traer a Trujillo en la Plaza de Armas de Piura. Aburrido, iba de un lado a otro de la plaza, hasta que decidí hacer una excursión más larga. Rumbo a la avenida Grau me detuve en la librería Ubillús. Entré. No disponía de mucho dinero, pero algo me podía permitir con lo que llevaba en mis bolsillos. Miré con displicencia hasta que algo brilló en la oscuridad. Como El Aleph de Borges, el libro surgió del fondo de las estanterías y atrajo mi mirada. Su pequeña portada destacaba en el espacio mal iluminado: Obra poética. Juan Gonzalo Rose.

El precio me desanimaba (cuatrocientos cincuenta soles), pero mis deseos podían más. Pedí a uno de los dependientes ver el libro. Me lo alcanzó con cierta desconfianza y rápido indagué en sus entrañas. De pasada, como quien siente que el bus está a punto de dejarlo, leí unos versos que me paralizaron: “Tengo en el alma una baranda en sombras./ A ella diariamente me asomo, matutino,/ a preguntar si no ha llegado carta;/ y cuántas veces/ la tristeza celebra con mi rostro/ sus óperas de nada”. Yo había leído no sé en qué antología aquello de: “Al paredón el mismo paredón/ si no quiere servirnos de testigo. // Mi propia poesía al paredón: si no quiere cantar lo que le digo”. Era el Rose político, pero el de Las cartas secuestradas sí que era otra cosa. Compré el libro sin ningún remordimiento y enrumbé a la plaza. Ese libro me acompaño durante veinte años, hasta que lo perdí por esas decisiones locas que uno toma en la vida y que después nos llenan de remordimientos.

Con ese libro en mano anduve casi todos los 80 en Trujillo. Un día mi amigo Domingo Varas Loli, devoto de Pablo Neruda, me propuso un duelo: él leería poemas del Nobel chileno y yo de Juan Gonzalo Rose. El lugar: el rompeolas de Salaverry. La idea era ver quién lograba acallar el ruido del mar con su fuerza poética. Contra todo pronóstico ganó de lejos el segundo. La ternura de Rose tenía (y tiene) sin duda la fuerza de un huracán, de uno que se desplaza sigilosamente por dentro de nosotros. Demás está decir que una botella de vino redondeó con el sello de la euforia nuestro aturdimiento ante semejante poesía. De este modo fue también como introdujimos a este autor en el canon de Tierra Firme (así se llamaba el grupo poético con el que, ilusos, queríamos refundar el mundo).

Hace poco, al leer Tu voz. Antología de poemas y canciones de Juan Gonzalo Rose volví a sentir lo mismo que sentí en 1983, en el primer contacto que tuve con su obra poética: admiración, ternura, estremecimiento, identificación, todo a la vez. Solo que esta nueva publicación añade algunos otros motivos para quererlo más. El libro incluye las letras para canciones que musicalizó Víctor Merino, así como el facsímil de un libro inédito, el primero que, al parecer, escribió: Cancionero de la paz. Y, sobre todo, contiene versos maravillosos como los de Círculo (musicalizados por Cecilia Bello): “Estoy/ tan triste ahora/ que si alguien se acercase/ me amaría.// Primera noche en el Perú./ Y busco amor./ Como en todas las noches de mi vida”.

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