06
Lun, Abr

¿Conoce por casualidad dónde queda Canchaque?

Huancabamba
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El paisaje “De la Suiza Peruana” como la llaman es deslumbrante.

DOS hijos míos visitaron recientemente Canchaque y de allá regresaron a Piura fascinados. Lo mismo me ocurrió a mí la primera vez que puse las plantas de mis pies sobre esta linda tierra. Tampoco he vuelto a visitarla y debe haber transcurrido bastante tiempo de eso porque muchas de las personas que conocí y dejé allá algunas de ellas,me dicen, que ya no están. Han muerto.Y si algo me queda de ellas es un recuerdo grato.de las veces que pasamos juntos celebrando cada encuentro.

ÁLVARO y Juan Carlos, que así es como se llaman mis dos hijos, hicieron bien en pegarse ese saltito hasta Canchaque en familia. El primero con su esposa Claudia y su nena Rafaella; y el otro con la suya, Kimberly, y su engreído Valentín. Cada uno por separado. La tribu completa sólo se junta en ocasiones especiales y en Año Nuevo. Para recibir éste y despedir el otro, o el que ya fue, ellos buscan el mar.

PERO volviendo al tema, dije antes que mis hijos hicieron bien en ir con sus familias a Canchaque porque una naturaleza así, como la que uno encuentra en este distrito y difícil de hallarla con la misma esplendidez en otras partes de Piura, obliga a compartirla. Y con quienes mejor para hacerlo que con las personas que uno más ama.

CANCHAQUE, hay que repetirlo, deslumbra, a cualquiera que vaya a su encuentro, por su naturaleza y, claro está, también por sus gentes. La hospitalidad aquí no es un decir o un simple decir o un cumplido. Nada de eso. Ellas, sus gentes, son la alegoría de ese concepto; lo encarnan. Y todas ellas son personas buenísimas. Capaces de abrir las puertas de sus casas sin conocerte.

LA PRIMERA vez que pisé Canchaque ocurrió hace apróximadamente 42 años. Entonces yo era un joven reportero del diario “Correo”. Renán Estrada, que era el director de este periódico, me pidió que viajara a Canchaque y que me quedara allá los días que fuesen necesarios. “Correo” de Lima quería una nota, tipo reportaje, sobre este distrito para publicarla en el suplemento dominical de la cadena. La curiosidad por saber por qué eso de llamar a Canchaque la “Suiza piurana” estaba detrás de aquel interés periodístico de la gente de LIma.

VIAJÉ y recuerdo que lo hice en compañía de Aldo Cango, un excelente reportero gráfico que tuvo “Correo” de Piura y a quien, de repente, la vida comenzó a apagársele de a poco cuando muchos suponíamos que a él todavía le quedaba cuerda para rato. En un recodo del camino el vehículo en el que íbamos se detuvo y Aldo le pidió al chofer que lo dejara bajar. Apuntó el lente de su cámara en una dirección aparentemente imprecisa, pero no. Estaba fotografiando un enorme ceibo.

NO TANTO como una odisea pero en ese entonces viajar a Canchaque era medio complicado. Una carretera sin asfaltar era la que te llevaba hasta allá en casi cinco horas. La gente llegaba molida y, si no era de Canchaque, sólo había un hotel en donde hospedarse. Este miraba a la Plaza de Armas y su dueño, que era un estupendo anfitrión, se deshacía en atenciones para que el forastero se sintiera como en su casa. Se llamaba Héctor Águila Calderón. Por su pueblo daba la vida.

PASARÍAN años antes de conocer a Miguel Ciccia Vásquez. De él hablaré después. Sólo diré que la última vez que lo vi fue en Palambla. En la fiesta patronal de este pueblo. Lo acompañaba “Temblores”,compadre suyo y todo un personaje. Ustedes se caerían de espaldas si supieran por qué. Bueno,sigamos.

NUESTRA visita a Canchaque duró más de un par de días. Su alcalde de ese entonces era un profesor un tanto parco al hablar, medio taciturno, pero muy amable. Lo entrevistamos, desde luego. Su apellido se me ha borrado de la memoria, no el de quien hizo de espontáneo guía nuestro mientras estuvimos en Canchaque. Éste último nos contó que no había nacido acá pero que, al final, terminó quedándose y echando raíces luego de enamorase y casarse con una canchaqueña que apellidaba Vásquez. Fue él, Juan Cárdenas, quien nos ayudó a conocer Canchaque. Murió físicamente bien parado. Antes de irse de este mundo, y viudo, también se dio tiempo para un último amor crepuscular. Cuando venía a Piura le gustaba tomar el fresco en la Plaza de Armas. Allí lo encontraba.

UNA MAÑANA, una sobrina de Héctor Aguila nos sacó de Canchaque y nos llevó al campo a casa de una pariente. Almorzamos allí. Alguien cumplía años o algo así y había fiesta. La noche nos cayó encima y mientras regresábamos, caminando en la oscuridad y por estrechos y zigzagueantes senderos, percibimos la cercanía de la naturaleza, sus contornos y hasta su confín. La sentíamos palpitar a través del rumor del viento, del murmullo de sus insectos y de las fragancias infinitas de sus campos. Nada parecido nos había ocurrido antes. Fue una vivencia excepcional, única, nueva y hasta ahora inolvidable.

AMANECIMOS frescos como lechugas. Un espléndido sol iluminaba aquella mañana a Canchaque. Las techumbres de sus viviendas brillaban.

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