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Sáb, Abr

La calle ya no es con él

La calle ya no es con él

Sociedad
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ESTÁ demás decirlo, pero hay que hacerlo para entender lo que está pasando a nuestro alrededor.

Seguramente habrá más de uno, entre ustedes o entre nosotros, con amigos y hasta familiares que ya no volveremos a ver nunca jamás por culpa de esta pandemia. Al comienzo, cuando todo esto comenzó, verlos morir lastimaba horrores. Ahora tal vez ya no tanto. O quién sabe.
CLARO está que tampoco es lo único estremecedor que nos está ocurriendo. En decenas de hogares, los miedos al contagio y a la muerte, asociada ésta a dicha epidemia, también están generando devastadoras secuelas emocionales en la gente. Y hasta trastornos mentales.
HAY un caso que bien podría servir de ejemplo. La de un solitario adulto mayor, cuyos familiares, desesperados, tuvieron una mañana que llevarlo, corriendo, hasta un centro de salud para que allí lo examinara, no un médico, sino un psicólogo. Se estaba rayando.
CUENTAN que una sobrina, la noche anterior, vio que éste no había apagado la luz de su dormitorio a pesar de la hora. Ya era medianoche. Intrigada y preocupada, a la vez, entró, casi a hurtadillas, a la habitación de ese tío. Parada en medio de ella, lo alcanzó a ver tendido bien derechito sobre su cama, pero atado de pies y manos.
¿QUÉ había ocurrido? Durante la cuarentena del año pasado, ella había evitado que su tío saliera a la calle. Si quería ver el sol podía verlo asomándose al patio. Y cuando ese confinamiento acabó, ella no tuvo corazón para seguirlo reteniendo en casa y dejó que saliera. Ese día, antes de éste le diera la espalda y partiera, le puso su mascarilla.
CUANDO el tío regresó, horas después, lo notó alterado y sin querer hablar con nadie. Luego éste le diría a ella que ya no volvería a salir a la calle. Que, de la casa o de su cuarto, no lo movería nadie. Ni Dios con todo su infinito poder. En la calle se había enterado lo que el coronavirus estaba haciendo con la gente, matándola, y que eso le había provocado pánico.
AQUELLA medianoche, cuando la sobrina lo despertó para preguntarle que por qué estaba atado de pies y manos, la respuesta que ésta recibió de él la dejó perpleja. Se ataba él mismo -le dijo- para asegurarse de que ella y sus hijos estuviesen a salvo. No vaya a ser que el coronavirus le hiciera perder la razón y los agrediera. Se acostaba, incluso, escondiendo, por precaución, los cuchillos de la cocina para regresarlos a su sitio al día siguiente, bien temprano. Dicen que hasta ahora la calle lo espanta, le produce miedo, ya no es con él.

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