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Dom, Mar

Buen viaje Federico

Buen viaje Federico

Sociedad
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AYER me enteré, después del mediodía, que había muerto, muy lejos de nosotros, en Salta (Argentina), uno de mis hermanos menores, el tercero de los ocho que fuimos.

Ahora sólo quedamos siete y quién sabe hasta cuándo. La muerte de un ser al que queremos es, desde luego, consternante. Duele, claro. Sólo cabe entender lo sucedido. Admitir sin discusión lo mortales que somos.
MI madre, en vida, fue una mujer de armas tomar, tenaz. Cuando un buen día vio partir a ese hijo suyo, con apenas 15 años de edad, hacia la Argentina -él quería ser médico-, le advirtió antes lo siguiente: “Escúchame bien lo que te voy a decir. Si no eres médico, mejor no vuelvas”. Y se puso a esperarlo y cuando lo vio regresar, ya con el título de médico bajo el brazo, las únicas palabras que tuvo ella al verlo fueron estas: “Por si acaso, ahora que ya eres médico no te olvides que yo seguiré siendo tu madre”.
AÑOS después otro hermano mío también quiso ser médico. Postuló a la universidad y nada. Al año siguiente lo intentó de nuevo y el resultado fue igual. Nada. Quiso tirar la toalla y cambiar de carrera y cuando él se lo dijo a mi madre ésta, furiosa, saltó como un resorte y, mirándolo a la cara, le dijo: “Oye, carajo, aquí nadie se rinde. No importa cuántas veces postules, pero aquí nadie se rinde”. Aquel año ese chico ingresó.
MI hermano, el que se acaba de morir, se llamaba Segundo Federico. Compartimos el primer nombre. Cada vez que venía de visita a Piura le gustaba que le repitiera una vieja anécdota de cuando una mañana, hallándose Sérvulo Gutiérrez y Alfonso Tealdo conversando sentados en la orilla del mar, en Miraflores, Lima, de repente a uno de ellos -que fue Tealdo- se le ocurrió preguntarle al otro, mientras miraba el horizonte, si recordaba algún otro amanecer que se pareciera a los de París. “Sólo los de Piura”, fue lo que le dijo Sérvulo a Tealdo. Mi hermano sonreía imaginando seguramente esos amaneceres de Paris mirando los de Piura.
ANOCHE, con sus condolencias, un condiscípulo suyo y tocayo, a la vez, -Federico Wiesse Supo-, me recordó que ambos fueron promoción de colegio en el Don Bosco. Sí, claro que sí, allí estudió su secundaria mi hermano. Queda claro, para ir terminando, que con él ya no nos volveremos a ver y si me he permitido referirme a su muerte, en esta columna, y a esa madre que lo lloraba en silencio cada vez que su ausencia la lastimaba, es porque ambas cosas, la muerte y las madres, son presencias que nos acerca de corazón a todos.

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