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Mié, Ene

Cómo pasa el tiempo

Cómo pasa el tiempo

Sociedad
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DEBE haber sido a mediados del 90 que entré a formar parte de la redacción de este diario y allí nomás empecé a escribir, todos los días, una columna de datos cortos que firmaría con el seudónimo de Pedro Páramo.

Escribirla era un vacilón. La alimentaba con la menudencia -digamos así- de lo que acontecía entonces en Piura y el secreto, para que esta menudencia gustara, consistía en tratar de aderezarlas bien. Si lo logramos o no, quién sabe. Aunque parece que sí.
EN esa época, en el centro de Piura había dos cafés bien concurridos: el Zelada y el Berlín. En ambos aterrizábamos también a diario. Pero, por las mañanas, a la hora tercia, íbamos más al Berlín que al otro porque allí, sentados en cualquiera de sus mesas, teníamos enfrente la avenida Grau y nos divertía viendo pasar gente. Y de una taza de café a otra, dos a lo mucho y haciéndolas durar casi una eternidad, y que Tito, el dueño, y Caridad, su esposa, consentían por sentirnos como caseritos, allí, en ese cafetín, que ahora ya no existe y que dejó de existir hace ya muchísimos años, allí -repetimos- comenzábamos también a pespuntar mentalmente la columna mencionada al comienzo.
POR el Zelada nos dejábamos caer un poco más tarde. A golpe de 11 de la mañana. Uno podía entrar a este café con los ojos vendados y recitar en voz alta los nombres de quienes estaban sentados en algunas de sus mesas, con la seguridad de que lo estaban sin haberlos visto llegar antes. Eran parte de la clientela fija de este lugar, los frecuentes habitúes, sus más porfiados feligreses, y todos ellos apareciéndose por allí a la misma hora y ocupando cada uno o en grupo las mismas mesas, y retomando, ya con su taza de café servida, la conversación que dejaron inconclusa el día anterior y que la volverían a dejar nuevamente igual ese día, como quien dice en puntos suspensivos, para otra vez repetir lo mismo al día siguiente, y si por ellos hubiese sido, por y para siempre o por los siglos de los siglos: amén; o, como se diría en latín, per omnia sécula seculórum.
NOS avecinábamos también por el Zelada para enterarnos de las últimas. En este mentidero -el Zelada en aquellos tiempos era eso, además de café- el chismo político y de los otros tomaban tierra rapidito, descendían como en paracaídas, y era la sobremesa de los demás clientes. De aquí salía bien alimentadita nuestra columna, la que firmábamos en este diario, como ya lo dijimos, con el seudónimo de Pedro Páramo. Mirando atrás, asusta ver cómo pasa el tiempo.

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