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Dom, Mar

Él

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Literatura
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Cuento premonitorio.

Hace poco la televisión mostró a un adolescente que, mientras hacía piruetas con su escúter en un parque que da a la Costa Verde, en Lima, estuvo a punto de caer al abismo del acantilado y morir. Se salvó de manera extraña. Yo me explico dicha salvación de esta manera. El que quiera entender que entienda. Gracias por los comentarios.
Me olvidaba, comunico a todos los que habitan este globo; a los animales acuáticos, terrestres o anfibios, a los árboles, a los bichos grandes y pequeños, a los astros, satélites, planetas, asteroides, ángeles, serafines, querubines y otras potencias celestiales que hoy, 25 DE ENERO DE 2021, ha sido el día MÁS FELIZ DE MI VIDA. Y como la felicidad no se comparte, no le diré a nadie por qué. El único que lo sabe es un poeta malgeniado que me ha prometido no contárselo a nadie. Quia Deus voluit. Alberto Alarcón.

Lo supo desde que Jael salió con su escúter hacia el acantilado. O tal vez desde la noche anterior cuando lo vio frente al ordenador convocando a sus amigos para jugar con los suyos en el parque. O acaso aquella madrugada cuando vio a la madre de Jael despertarse asustada porque en su sueño había visto a un niño que se convertía en pájaro y luego que este se hundía como una piedra en el mar. Lo supo cuando nació de sus manos ese lugar del acantilado con los primeros helechos. Lo supo desde siempre. Desde aquel siempre lleno de oscuridad y desde aquel otro en que sus propios ojos se asombraron de ver la primera luz. Por eso fue que a su tiempo colocó la semilla de ese pequeño arbusto en el que quedó atrapado Jael, y sin el cual hubiera muerto después de haber caído desde lo más alto del gigantesco acantilado. Para él el aire también es un muro y la muerte un obseso fantasma que - cuando él lo dispone- debe y tiene que esperar.

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