08
Sáb, Ago

¿Si o No?

¿Si o No?

Literatura
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La noche que presenté el poemario Ad Libitum de Marita Troiano en la Casa de la Emancipación de Trujillo, todo ocurrió como estaba previsto.

Yo había pergeñado unos apuntes salpicados de anécdotas, gracias a los cuales pude desenvolverme satisfactoriamente. Al terminar, Marita me abrazó agradecida y varios de los asistentes se acercaron a mí para felicitarme. Hubo una “sobremesa” bajo las luminosas arañas de la Casona y luego las despedidas. Una vez solo, decidí caminar un poco y sentarme en una de las bancas de la Plazuela El Recreo, a tomar el aire de la noche y a disfrutar del ambarino claroscuro de ese precioso rinconcito Trujillano.

Había pocos viandantes. La noche se iba haciendo mayor y el ruido del tránsito empezaba a disminuir. De pronto, vi un grupo de hombres —entre muchachos y maduros— conversando animadamente. Era un grupo rezagado de los asistentes a la presentación del libro de Marita; se dirigían al arco de la plazuela, rumbo a la avenida España, donde seguramente tomarían sus buses o taxis. De pronto uno de ellos se desprendió de sus compañeros y regresó la mirada hacia donde yo estaba.

Era muy delgado, vestía un traje negro y tenía un sombrero de farmer, ligeramente ladeado. Mientras se me acercaba vi estampadas en su polo negro estas palabras en inglés: I AM A MURDER; traía, además, un pantalón negro ajustado, lleno de cadenillas plateadas que colgaban de una correa adornada con gruesos y relumbrantes tachones dorados. Portaba gafas a lo John Lennon y una cabellera frondosa rematada sobre la nuca con una cola de caballo atada por un pili-mili. Además, sandalias huanchaqueras y un fólder con dibujos del Hombre Araña bajo el brazo.

—Buenas noches, don Alberto—me dijo—. Disculpe la interrupción, ¿me acepta unas palabritas? Me llamo L y vivo por acá nomás, por La Huerta.

Me era totalmente desconocido, pero como soy amigable y conversador le dije que se sentara y me dispuse a escucharlo.

— He estado con mis amigos en la presentación de la poeta Troiano —me dijo—; me ha gustado, pero me picó la curiosidad cuando dijo usted que las mujeres bonitas no deberían escribir poesía, porque ellas mismas son la poesía; y que cuando lo hacen suelen ser bastante huachafitas, así dijo, ¿sí o no?

—Dije que suelen ser prescindibles—le corregí.

—Bueno—continuó L esbozando una sonrisa—. Y también dijo que tal vez por eso las buenas poetas mujeres son generalmente feítas, y puso como ejemplo a Gabriela Mistral, Violeta Parra, Silvia Plath y unas cuantas más, ¿sí o no?

—Sí, es verdad—acepté, intrigado por saber a dónde quería llegar mi curioso interlocutor.

— ¡Excelente! —dijo con satisfacción—. Bueno pues, yo sólo conozco a la tal Gabriela Mistral, pero partiendo de allí le doy la razón. Ahora, con esto del Google, voy a buscar las caras de las poetisas que usted mencionó esta noche. Deben ser más feítas que el pecado mortal… si usted lo dice, ji, ji, ji. Claro, la señora Troiano se salvó cuando usted se refirió a ella como un caso raro, porque era guapa y también una buena poetisa, ¿sí o no?

Como no respondí a su muletilla, L continuó:

—Don Alberto, no sé cómo decirle, pero estoy seguro que usted me entenderá. En el caso de los poetas hombres eso de la carita parece no importar tanto, ¿Sí o no? Lo que no me parece es que uno no dé ninguna señal de ser escritor o poeta. Y el caso de usted es para mí algo incomprensible. He leído algunas poesías de su inspiración, un poco difíciles para mí, aunque los entendidos dicen que son de muy buena calidad. Mire, yo lo vengo observando desde el año 2000 cuando usted llegó a vivir acá a Trujillo. ¿A dónde voy? Se lo diré de frente y sin máscaras, como dice la doctora Gonzáles en RPP. Usted, don Alberto, no tiene para nada ninguna apariencia de poeta, ¿sí o no? Mi enamorada me dijo una vez que usted tenía más bien aspecto de guardia civil retirado, otros me han dicho, disculpando la palabra, que usted parece chofer de camión o tendero de cachina, Yo, la verdad, siempre lo he visto como un zambito de los Barrios Altos de Lima o como un cajonero chinchano. Se lo digo con todo respeto, no es mi intención desvalorizarlo; por el contrario, como admirador suyo, siempre quise preguntarle por qué, con la calidad que usted tiene, según los entendidos, incluyendo a don Marco Aurelio Denegri, no sé deja una melenita, tipo poeta maldito o se pone unos lentes como éstos (y señaló los suyos); tampoco le vendría mal un polito con algo referente a la literatura, o provocador como el mío. O si esto le parece fuera de lugar, déjese unos bigotes, no como los de don Ricardo Palma sino como los de Nicomedes Santa Cruz que, además, era negrito como usted. Hágalo, don Alberto, usted se lo merece. En lo de las canas yo sí discuto. No se las pinte usted. Una vez vi acá en Trujillo al poeta Arturo Corcuera, ¿es notario, no? A él por ejemplo le quedan bien las canas y su melena. Da la impresión de poeta, ¿sí o no? También me contaron que en su época, el negro Verástegui usaba un african look para darse caché de poeta: lo mismo don Omar Aramayo; aparte de andar con un sobretodo negro, tipo Drácula, llevaba siempre una calavera en la mano…Hicieron historia, don Alberto, ¿sí o no?

Me sentí apabullado, por el desborde de humor inverecundo de mi curioso admirador. En eso, en la esquina de Estete con Pizarro, cerca del huarique de don Misael Burgos, se paró un carro de la policía con la circulina encendida, y entonces pude ver nítidamente el rostro de mi interlocutor. Estaba realmente serio y al parecer me hablaba con firme convicción.

—Le agradezco sus recomendaciones—le dije en tono conciliatorio, acordándome de que a veces la tolerancia es una forma del desdén—, las tendré en cuenta. ¿Y usted, a qué se dedica?

La pregunta le cayó como pedrada en ojo tuerto. L sonrió satisfecho, se levantó de la banca, respiró profundamente, y sacando pecho me respondió:

— ¿No se ha dado cuenta, don Alberto? Soy poeta. Hasta ahora no he publicado nada, porque soy virgo y por lo tanto muy perfeccionista, pero en breve los trujillanos tendrán noticias mías. Aprovecho más bien para alcanzarle a usted uno de los poemas de mi primer retoño, espero su comentario.
L abrió su fólder del Hombre Araña, sacó una hoja de entre varias, me la entregó delicadamente y me pidió disculpas por la prisa de retirarse. “Necesito un arbolito, me gana el pis, don Alberto. Pase buenas noches”. Y se fue como una exhalación bajo los altos ficus de la Plazuela.

El poema, según decía el papelito, formaba parte de un poemario titulado CANTO A LA PRIMAVERA TRUJILLANA y sus primeros versos decían:

Oh, si no te cantara, amada primavera,
Sería un poeta idiota…
Por eso aquí en primera
Mi inspiración se derrama gota a gota.

Lo de “poeta idiota” se lo acepté sin reparos; la hoja completa no. La convertí en una bolita y la arrojé en la papelera de la esquina. Tomé mi taxi y llegué a casa cuando, felizmente, todos dormían.

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